Tengo 42 años y hoy peso 78 kilos menos. ¿Quieren saber cómo me siento?
El “gordito bonito”, así me decían. No recuerdo desde cuando, pero ha decir por mis álbumes creo que fue desde siempre.
“Ahí viene compota”, “Ahí llegó Kool Aid”, gritaban mis compañeros cuando me veían. Si teníamos educación física y hacíamos carreras en caballito, yo era quien cargaba con el compañero en ambos turnos. Y si en el recreo sonaba el timbre, yo era a quien le lanzaban la pelota para que la fuese a devolver.
Ahora de adulto, pienso que debía odiar el colegio. ¡Yo no comía más que los demás! Al menos no al principio. Fue después, un poco por idea y otro por presión, que poco a poco fui creyéndome que era diferente y comelón, que terminé comiendo mucho para cumplir expectativas. Crecí, crecí y crecí, hasta que un día, no me pregunten cuando ni como, llegué a pesar 182 kilos.
¿Me sentía gordo? No. La verdad es que no. Yo no “me sentía” gordo. Simplemente me sentía yo. Mis lindas novias, que eran el resultado de una actitud extra tierna y chistosa; los comentarios que hacía la gente: “ese gordo tiene que tener dinero, porque para que la mujer aguante ese peso”; la expectativa de ver si entraba o no en una silla; hacer el amor apoyándome sobre los antebrazos para no aplastar a mi pareja; mis ahogos, mi calor y mis tobillos a punto de estallar; ir al baño sin poderme limpiar; y disculparme en los aviones con mi compañero de asiento, eran todas situaciones normales para mí. Así era mi vida y no me atrevía a imaginarme diferente, porque cuando siempre se ha sido igual, no existen los opuestos.
Y claro que sabía que existía otra vida, pero no “lo sabía”. Verse en el espejo, y dudar si en realidad se es ese gordo simpático que pone la fiesta a valer, no es fácil. El yo alegre y bonachón a quienes todos llamaban “el gordo”, comía, ahora lo puedo decir, de manera compulsiva para aliviar la tensión. Pero como les digo, no me daba cuenta.
Sin embargo, un día todo cambió para mí. Una amiga con quien salía me llevó un cuestionario que prometía dar con la solución a mi sobrepeso, el Dietagrama. Yo, que de dietas estaba hasta la coronilla, lo respondí sin intenciones de descubrir nada que no supiera de antemano. Recuerdo que el resultado decía: “Usted tiene mucha insulina y poca serotonina”, entonces daba una breve explicación de mi adicción por las harinas y los dulces, y al final indicaba los pasos a seguir para superarla. “¡No puede ser tan sencillo!” - pensé. Me puse manos a la obra, y en solo días comencé a ver resultados.
Mientras más bajaba la talla de la ropa que me ponía, más fácil sentía que era cambiar los hábitos con la comida. Y cuando alguien lo notaba, no perd ía la oportunidad para consolidar mi compromiso: “Me voy a quitar los kilos” (créanme, mientras más personas lo saben, más es la fuerza que te acompaña).
Y un día, entre tanto y tanto, algo sucedió dentro de mí. Me empecé a preguntar por qué debía engullir en vez de comer, y por qué mis almuerzos debían terminar con postre, y por qué tenía que ser “el gordo” de las fiestas. Mis amistades me dejaron de reconocer, y empecé a disfrutar de los momentos con mi pareja, y a sentir que era fácil cruzar la pierna, y a jugar pelota sin tener ahogo, y agacharme sin miedo a recoger el jabón. Descubrí que la solución no estaba en cerrar la boca, sino en abrir la mente, y sentí cómo un yo que dormía, despertaba dentro de mí. Agradezco infinitamente ese día, porque gracias a él, ahora tengo calidad y cantidad de vida.
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