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¿Por
qué?
Porque usted puede tomar un medicamento que sensibilice
sus receptores musculares de insulina, y así
el páncreas no tendría que producirla
en exceso. De esta de manera la grasa, los riñones,
los ovarios y los demás órganos antes
mencionados, no se verían afectados.
Historia
A principios de la década de 1890, el señor
Wilbur Atwater separó los alimentos a través
del calor en macronutrientes (proteínas, grasas
y carbohidratos), dando así origen al término
"caloría". Lo definió como la
cantidad de energía necesaria para elevar la
temperatura de un litro de agua en un grado centígrado.
Un gramo de carbohidratos o proteínas resultó
tener cuatro calorías, mientras que un gramo
de grasa, nueve.
En 1891 un químico de la universidad de Yale
aplicó el concepto de calorías al ejercicio,
logrando medir y comparar los ingresos en el organismo
(comida) con los egresos (actividad física y
metabólica). Así, los alimentos debían
aportar X cantidad de calorías al organismo,
donde son "quemadas" para producir energía
y poder vivir. Cuando el número de calorías
que "entraban" era menor al número
de las que "salían", el peso debía
bajar.
En 1917, un médico de Los Ángeles, la
señora Lulu Hunt Peters, publicó lo que
sería el primer best seller de los libros de
dietas en la historia: "Dieta y salud, con la respuesta
en las calorías". Con sus dos millones de
ejemplares vendidos, la doctora Lulu logró tatuarnos
su propia visión moral en la ecuación
calórica. La gente que no podía contar
sus calorías, y, por ende su peso, no tenía
autocontrol ni disciplina (le debemos a la doctora Lulu
la creencia, todavía hoy presente, de que el
ser obeso es señal de debilidad).
La ciencia cambió "cierra el pico"
por "cuenta tus calorías". Sin embargo,
este modelo tuvo dos inconvenientes. Primero, no especificaba
la cantidad de proteínas, grasas y carbohidratos
que se debían consumir, lo que produjo carencias
nutricionales. Segundo, había un grupo importante
que decía sentir ansiedad por dulces y harinas,
que bajaba de peso muy lentamente (siempre volvía
a engordar). De este grupo, la gran mayoría no
lograba adelgazar con este tipo de dietas y, peor aún,
un pequeño porcentaje de ellos terminaba presentando
diabetes tipo II.
A finales del siglo XX el Departamento Norteamericano
de Agricultura le da solución al primer problema
con la pirámide nutricional, según la
cual el 60% de las calorías deben provenir de
los carbohidratos, sin diferenciar las harinas refinadas
de las integrales (¿Qué tal?).
No obstante, en cuanto a las personas que no lograban
perder peso no se dijo nada, o tal vez sí, pero
no se hizo público, que es lo mismo. Se llegó
a concluir la peor de las conclusiones: que el problema
eran los pacientes. Si una persona no adelgazaba, era
porque no tenía fuerza de voluntad (gracias otra
vez Dra. Lulu). Frases como "O es un problema de
tiroides o es que no se quiere a sí mismo"
se hicieron populares. Los médicos recibían
peticiones de familiares bien intencionados de asustar
a sus pacientes con un inminente problema de salud.
Sin embargo, entre paciente y paciente, en ese cortísimo
y privado momento que tienen los médicos antes
de llamar al siguiente, les quedaba la duda de si faltaba
algo más por descubrirse.
Para
1950 ya se sabía que la obesidad era un problema
de salud. Se conocía la existencia de dos tipos
de diabetes, una que se presentaba durante la juventud,
la tipo I, en la que el páncreas dejaba de producir
insulina (sin la cual es imposible movilizar el azúcar
al interior de las células), y que tiene valores
de glicemia (azúcar en la sangre) sumamente elevados.
Y otra, la diabetes tipo II o del adulto, en la que
la situación era distinta. Como la gran mayoría
de los que la presentaban tenían sobrepeso, se
pensaba que las personas al engordar lesionaban su páncreas
y por eso no tenían insulina. De manera que si
alguien tenía diabetes tipo II, era porque había
engordado. "Usted tiene diabetes porque no tuvo
fuerza de voluntad para seguir una dieta hipocalórica".
Punto.
Sin embargo, la historia probó algo completamente
distinto. A finales de 1960 se desarrolló la
prueba de laboratorio para medir la insulina en sangre
y se descubrió que muchos diabéticos tipo
II tenían la insulina en exceso (el páncreas
de estos pacientes no se encontraba destruido como se
pensaba)... ¿Cómo era posible? ¿Azúcar
alto y mucha insulina? ¿Acaso no era que estos
pacientes, por no tener fuerza de voluntad, habían
engordado y destruido su páncreas? En aquella
época los endocrinólogos no tenían
respuesta a esta paradoja.
En 1988 el doctor Reaven logra demostrar
que la diabetes tipo II se debe a lo que denominó
"resistencia a la insulina" (una condición
en la que los músculos y el hígado no
responden completamente a la insulina, por lo que el
páncreas la produce en exceso en el intento de
que estos órganos la "lean"). Dicho
de otra forma, se supo que el primer paso para tener
diabetes tipo II no era engordar. El primer paso para
tener diabetes tipo II era tener "resistencia a
la insulina", lo que conllevaba a producir la insulina
en exceso (hiperinsulinismo) que, como se comprobó
más tarde, producía hambre y además,
hacía engordar (todo un círculo vicioso).
Se supo que en todo paciente con hiperinsulinismo, por
muy hipocalórica que fuese una dieta, si las
calorías provenían en su mayoría
de los carbohidratos, produciría tanta hambre
que sería casi imposible de manejar.
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